El amanecer llegó como una burla cruel.
La luz grisácea apenas se filtraba entre las cortinas cerradas del apartamento de Mateo y Clara, pero nadie allí sentía que hubiera comenzado un nuevo día. Era como si la noche se hubiera extendido, implacable, cubriendo sus corazones con una oscuridad que ninguna claridad podía disipar.
El silencio era espeso, sofocante. Se escuchaba de vez en cuando el roce de los pasos de Mateo, que no había parado de caminar de un lado a otro desde que Clara fue arran