El día amaneció gris en la ciudad donde Emma y Mateo se refugiaban. A través de la ventana del pequeño apartamento, Emma observaba cómo la lluvia caía con persistencia, golpeando los vidrios con un sonido rítmico y monótono. Había pasado una semana desde que había dejado el castillo y aún no lograba dormir sin sobresaltarse. Cada noche, al cerrar los ojos, revivía la persecución, los gritos, el accidente de Alejandro. Y cada mañana despertaba con la misma pregunta martillándole en el pecho:
¿Có