La habitación del hospital tenía ese olor estéril y penetrante que parecía impregnarlo todo. Alcohol, desinfectante y flores marchitas. Alejandro llevaba varios días allí, consciente del paso del tiempo únicamente por el cambio de luz en la ventana. Había recuperado algo de fuerza en el cuerpo; los médicos lo felicitaban por la rapidez con la que respondía a los tratamientos, por cómo sus heridas cerraban sin complicaciones. Pero en su cabeza, en esa maraña de recuerdos rotos, la recuperación e