El traqueteo del coche se mezclaba con los pensamientos de Emma. Habían dejado atrás la ciudad hacía ya más de una hora, internándose en carreteras secundarias que se extendían como venas olvidadas entre colinas y caseríos. A través de la ventana, los árboles pasaban veloces, sus copas agitadas por el viento como si quisieran darle alcance. Emma abrazaba contra el pecho la carpeta que había logrado llevarse de la oficina de Alejandro: papeles, fotografías, pruebas de las transacciones oscuras d