El pitido constante de una máquina fue lo primero que Alejandro escuchó cuando abrió los ojos. Un techo blanco, demasiado brillante, lo recibió como si le devolviera a un mundo que no reconocía. El olor penetrante a desinfectante le quemaba las fosas nasales, y el leve dolor en sus costillas le recordó que estaba vivo, aunque no sabía muy bien por qué.
Intentó incorporarse, pero un tirón en el pecho lo obligó a quedarse quieto. La confusión era tan espesa como la neblina que cubría un amanecer