La carretera hacia la costa serpenteaba entre montañas verdes y un cielo tan limpio que parecía recién pintado. El sol de la mañana entraba por las ventanas del carro, y Sofía, sentada en el asiento trasero con un peluche nuevo entre los brazos, miraba todo con los ojos muy abiertos, como si estuviera descubriendo un mundo que nunca sospechó que existía.
Emma volteaba cada tanto para verla, incapaz de evitar sonreír. Había algo mágico en esa mezcla de timidez y emoción que la niña llevaba consi