La mañana había amanecido extrañamente tranquila, como si todo el peso de los últimos meses estuviera a punto de romperse de una vez. Emma Ríos lo sintió apenas salió al pasillo de Casa Esperanza: un silencio distinto, una calma que no había sentido desde antes del incendio, antes de las persecuciones, antes de que la falsa tía de Sofía apareciera con su sonrisa venenosa.
Alejandro estaba sentado en el comedor, revisando unos documentos con expresión grave, aunque apenas la vio, su rostro se su