El amanecer trajo consigo un silencio distinto, más denso, más vigilante. Desde la ventana de mi habitación, vi cómo el cielo se teñía de un gris perlado, y por un momento, me pregunté si en algún lugar del mundo él estaría viendo el mismo color.
El papel seguía sobre la mesa, la nota que había alterado la calma que tanto me había costado construir.
“Él sigue vivo. Pero si lo buscas, muere.”
La leí por enésima vez. No había sello, no había firma, pero había verdad. Lo sentía.
Lucía insistía en