El mundo no se detuvo cuando Alejandro desapareció.
Eso fue lo más cruel. Las calles siguieron llenas de gente, los niños rieron en los parques, el sol volvió a salir como si nada se hubiera perdido. Pero dentro de mí, todo se había vuelto ceniza.
El refugio —Casa Esperanza— se convirtió en mi única rutina. Cada mañana llegaba antes del amanecer, aunque ya no distinguía los días. Las paredes olían a pintura nueva y a pan recién hecho, pero también a recuerdos, a promesas que ahora dolían. Los n