El edificio olía a café recién hecho y a madera vieja. En las paredes del consultorio, los cuadros eran sencillos: paisajes sin rostros, horizontes abiertos. Emma los observaba mientras esperaba su turno, las manos entrelazadas sobre las rodillas, el corazón latiendo con ese ritmo irregular que solo aparece antes de una conversación que puede cambiarlo todo.
Alejandro estaba sentado a su lado, con la paciencia de quien sabe que no puede hacer mucho más que estar presente.
—¿Segura de que no qui