El murmullo de los periodistas llenaba el aire como un enjambre. Frente a la puerta principal del tribunal internacional, decenas de cámaras esperaban una declaración que aún no había sido escrita. Emma observaba el caos desde el coche, los vidrios polarizados apenas contenían la presión exterior. Alejandro, a su lado, mantenía la compostura de siempre, aunque la tensión en su mandíbula lo delataba.
Lucía hablaba por teléfono en el asiento trasero, intentando coordinar las declaraciones legales