La madrugada olía a humedad y ceniza.
Apenas amanecía, y el cielo todavía estaba gris, como si la noche se resistiera a irse.
Emma no había dormido.
Seguía viendo la marca del disparo en el cristal de la ventana, el agujero diminuto que había dejado su reflejo partido. Alejandro patrullaba el perímetro con un arma corta en la mano; Lucía, desde la sala, revisaba llamadas de la fiscalía.
—No hubo reportes de actividad en el área —dijo Lucía, sin apartar la vista de la pantalla—. Nadie escuchó na