El aire dentro del calabozo de la Fundación Castillán era espeso, cargado de humedad y con un olor metálico que se impregnaba en la garganta. Clara llevaba horas intentando mantenerse despierta, apoyada contra la pared de piedra. Sus muñecas marcadas por las esposas dolían cada vez más, pero lo que en verdad le consumía era la impotencia: sabían que afuera, el mundo se movía, que Alejandro, Emma, Lucía y Rodrigo estarían trazando planes, y aun así ellos permanecían allí, encerrados como animale