El mármol del despacho de Arturo Salvatierra brillaba bajo las luces cálidas del techo, pero para Emma se sentía como hielo. Las paredes estaban forradas con estanterías de cuero y madera, llenas de carpetas cerradas y libros legales que solo servían de fachada. Allí, en ese lugar que olía a poder y a corrupción, comenzaba a tejer su propio juego. Un juego peligroso, uno donde un solo error la condenaría no solo a ella, sino también a todos los que amaba.
Desde que había aceptado fingir sumisió