La humedad del calabozo impregnaba el aire con un olor agrio a hierro oxidado y tierra mojada. Las paredes de piedra, corroídas por el paso del tiempo, devolvían cada eco como si se tratara de lamentos atrapados en la roca. Alejandro se encontraba sentado en el suelo, la espalda apoyada contra los barrotes, las muñecas aún marcadas por las ataduras recientes. La sangre seca de la herida en su hombro lo manchaba, y aunque el dolor palpitaba con cada respiración, lo que realmente lo mantenía desp