El aire dentro del hangar era espeso, cargado con el olor metálico del combustible y la tensión que se podía cortar con un cuchillo. Los pasos de los hombres de Arturo Salvatierra resonaban como un tambor fúnebre en las paredes de acero. Emma caminaba en el centro, los hombros rígidos, el rostro inexpresivo. A cada lado, dos guardias armados la escoltaban, como si fuera una prisionera que había decidido entregarse por voluntad propia.
El eco de cada paso se clavaba en los oídos de Alejandro com