Eso le alcanzaba, solo estar con ella unos minutos en el mismo lugar, compartiendo un mismo espacio sin decir demasiado, disfrutando de la cercanía en silencio. Poco a poco, su indiferencia comenzaba a molestarle más de lo que habría querido admitir, más de lo que se atrevía a reconocer, aunque intentaba no pensar demasiado en ello.
—¿Solo sabes insultar, Anchorena?
—¿Qué quieres oír? ¿Halagos?
—No estaría mal, sería la primera vez, ¿no?
Verónica se rió con una expresión de incredulidad. Estaba