La Excusa Perfecta

El papel se arrugó en su puño mientras fingía arreglarse el abrigo. Martín seguía ahí, a su lado, esperando que los autos llegaran. No dejaba de mirarla.

—¿Estás bien? Te noto rara.

—Estoy bien.

No estaba bien. Tenía el corazón acelerado y las mejillas calientes. Cada vez que respiraba, todavía podía sentir el olor de Maximiliano en su ropa, en su piel.

Mercedes no se separaba de él. Le hablaba al oído, le tocaba el brazo, se reía con esa risa falsa que usaba cuando había gente mirando. Maximil
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