Ramírez estacionó frente al taller y bajó primero, mirando alrededor. El lugar parecía normal: autos desarmados, herramientas, olor a aceite y metal. Un hombre mayor salió limpiándose las manos con un trapo.
—¿Señorita Anchorena?
—Sí.
—Pase por aquí, los papeles están en la oficina.
Ramírez la siguió, la mano cerca de la pistola bajo la chaqueta. La oficina era pequeña, con un escritorio lleno de facturas y un calendario viejo colgado en la pared.
—Siéntese, por favor. Los papeles están en el a