La niebla se enroscaba alrededor de nosotros como una criatura viva, cubriendo el suelo y tragándose nuestros pasos. El olor a tierra húmeda se mezclaba con un rastro inconfundible que hacía que cada músculo de Leónidas se tensara más con cada metro que avanzábamos. Caminaba unos pasos delante de mí, con la espalda erguida, el cuello inclinado hacia adelante, las fosas nasales abiertas como si quisiera arrancar el aire mismo de raíz. El alfa cazaba, y eso significaba que el peligro estaba cerca.
—Está aquí… —murmuró con voz grave, casi gutural, como un trueno que se adentra en la tierra—. Muy cerca.
El resto de mis brujos, nueve en total, se movía en silencio, con las manos crispadas sobre el metal de sus armas o las runas grabadas en sus bastones. Ninguno hablaba; el crujido de las hojas bajo las botas y el suave golpeteo de las cadenas de amuletos eran los únicos sonidos que nos acompañaban. El frío mordía los huesos, pero lo que helaba de verdad no era el clima: era la certeza de q