La niebla se enroscaba alrededor de nosotros como una criatura viva, cubriendo el suelo y tragándose nuestros pasos. El olor a tierra húmeda se mezclaba con un rastro inconfundible que hacía que cada músculo de Leónidas se tensara más con cada metro que avanzábamos. Caminaba unos pasos delante de mí, con la espalda erguida, el cuello inclinado hacia adelante, las fosas nasales abiertas como si quisiera arrancar el aire mismo de raíz. El alfa cazaba, y eso significaba que el peligro estaba cerca