El claro estaba teñido de rojo cuando partimos. El olor a sangre aún flotaba pesado en el aire, pero no había tiempo para detenerse. Alaric no estaba entre los cadáveres, y eso significaba que seguía moviéndose.
Leónidas iba unos pasos por delante, en su forma humana, pero con esa tensión animal que anunciaba que podía transformarse en cualquier segundo. Sus ojos dorados brillaban entre la neblina. Yo mantenía a mis brujos cerca, aunque cada uno estaba exhausto, con la ropa rasgada y manchada d