No sé cuánto tiempo había pasado desde que lo vi desvanecerse entre mis brazos en aquella visión. El sol ya no estaba en el cielo, o quizá nunca lo estuvo desde que me trajeron aquí. El día y la noche se confundían en mi cabeza, como si el mundo entero se hubiera reducido a esa sensación en mi pecho: un hueco frío, húmedo e imposible de llenar.
Llevaba horas… días… no lo sé… sintiendo ese mismo latido roto. Y aunque intentaba dormir, aunque intentaba dejar que mi mente se apagara para no pensar, algo me mantenía despierta: su ausencia. Era como vivir con una sombra pegada a la piel.
Fue entonces cuando la sentí.
No escuché sus pasos ni vi su silueta antes de que apareciera. Simplemente… la sentí. Una presencia suave, antigua, casi como un murmullo que acaricia el oído antes de pronunciar una palabra.
La bruja entró a la habitación sin hacer ruido. Sus ojos eran oscuros, como si ocultaran una tormenta. Me miró durante un instante que se me hizo eterno, y por un segundo sentí que podía