No sé cuánto tiempo había pasado desde que lo vi desvanecerse entre mis brazos en aquella visión. El sol ya no estaba en el cielo, o quizá nunca lo estuvo desde que me trajeron aquí. El día y la noche se confundían en mi cabeza, como si el mundo entero se hubiera reducido a esa sensación en mi pecho: un hueco frío, húmedo e imposible de llenar.
Llevaba horas… días… no lo sé… sintiendo ese mismo latido roto. Y aunque intentaba dormir, aunque intentaba dejar que mi mente se apagara para no pensar