El bosque estaba tan silencioso que podía escuchar mi propia respiración acelerada. Aria permanecía frente a mí, inmóvil, con esa mirada que parecía atravesar carne, hueso y alma. Yo no necesitaba que me lo dijera… sabía que ella ya había visto lo que yo buscaba.
Sus dedos se deslizaron suavemente por mi pelaje de loba. Sus manos eran cálidas, pero en el contacto había algo más: un peso, una advertencia. Cuando sus ojos plateados se encontraron con los míos, sentí como si la luna misma me hablara.
—Está en las ruinas del acantilado de Draven —dijo al fin, y su voz sonó como el susurro del viento antes de una tormenta—. Pero no esperes encontrar al Arthur que amas.
Mis patas se afirmaron contra la tierra. No me moví ni un centímetro. Sabía que lo que estaba a punto de decirme sería difícil de escuchar.
—Si vas —prosiguió, con una calma inquietante—, no habrá vuelta atrás. Él… podría no reconocerte.
No aparté la mirada. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho, pero no había lu