El bosque estaba tan silencioso que podía escuchar mi propia respiración acelerada. Aria permanecía frente a mí, inmóvil, con esa mirada que parecía atravesar carne, hueso y alma. Yo no necesitaba que me lo dijera… sabía que ella ya había visto lo que yo buscaba.
Sus dedos se deslizaron suavemente por mi pelaje de loba. Sus manos eran cálidas, pero en el contacto había algo más: un peso, una advertencia. Cuando sus ojos plateados se encontraron con los míos, sentí como si la luna misma me habla