Neriah
El silencio que sigue a las palabras de su madre pesa sobre mí como una losa de plomo. Aún siento el olor del fuego mezclado con el de la sangre y el miedo, como si cada rincón de esta cabaña se hubiera impregnado de este dilema que nos aplasta a todos. Mi cuerpo entero tiembla, pero no solo de miedo o deseo, también de ira, una revuelta que me consume.
Me enderezo lentamente, mis manos crispadas sobre mis rodillas. Mi voz sale ahogada, pero firme:
— No. No seré el precio de sus disputas