Neriah
El silencio que sigue a las palabras de su madre pesa sobre mí como una losa de plomo. Aún siento el olor del fuego mezclado con el de la sangre y el miedo, como si cada rincón de esta cabaña se hubiera impregnado de este dilema que nos aplasta a todos. Mi cuerpo entero tiembla, pero no solo de miedo o deseo, también de ira, una revuelta que me consume.
Me enderezo lentamente, mis manos crispadas sobre mis rodillas. Mi voz sale ahogada, pero firme:
— No. No seré el precio de sus disputas. No seré de uno ni del otro. Ni de ustedes dos. Ni de nadie.
Kael ruge, un sonido bajo, amenazante, y sus ojos arden como si todo el mundo acabara de robarle lo que le pertenecía. Avanza, cada paso golpea el suelo, cada movimiento de su cuerpo impone, y aun así no retrocedo. Siento mis piernas flaquear, mis sienes palpitar, pero me mantengo firme, aunque mis manos comiencen a temblar y mi aliento se acorte.
— Neriah… murmura Liam, su voz rasposa, jadeante, una mezcla de súplica y dolor. No me r