Nahia
Salgo con un movimiento brusco, casi instintivo, sin pensar, sin siquiera darme la vuelta. El aire de la habitación me quema los pulmones, mis pies descalzos resbalan a medias sobre el parqué, y el latido de mi corazón cubre todo lo demás, incluso la lluvia, incluso las voces que quizá intentan llamarme. No quiero oírlas. Ahora no. A ellos no.
—¿Adónde crees que vas así? —dice uno de los dos.
—Acabarás por pertenecernos, querida.
Los oigo reír a mi espalda.
Corro por el pasillo como si la