Neriah
El fuego crepita aún, pero cada chispa que salta parece chocar contra las paredes de la cabaña como una lluvia de cuchillas, afiladas, opresivas. El aire está saturado de una pesadez acre, madera quemada, hierro y ceniza, pero también de un perfume más salvaje, casi animal, que no tiene nada de humano y que me hace estremecer como si mis propios huesos lo recordaran.
Liam jadea en el suelo, torcido por una fiebre negra, su cuerpo sacudido por espasmos que lo pliegan como si fuera a romperse. Su piel brilla de sudor, sus labios tiemblan de palabras que no logra pronunciar. Sus ojos, sin embargo, me buscan sin descanso, brillantes de dolor y deseo, una angustia que me parte el vientre.
Kael no se mueve al principio. Lo contempla, de pie, masivo, sus hombros tensos como un arco a punto de soltar. La luz de las llamas se refleja en su mirada y lo transforma en dos destellos de brasa viva. No parpadea, ni un segundo, y cuando finalmente se vuelve, no es para ceder, sino porque su re