Neriah
Kael avanza; cada paso resuena como un martillazo en mis sienes. La piedra vibra bajo sus pies como si el suelo mismo cediera a su rabia. Sus hombros, hinchados por la furia; sus puños, tan apretados que los nudillos se le vuelven blancos; y sus ojos, de un oro demente, me clavan como dos cuchillos a punto de hendirme. Ya no respira: resopla, ruge, y cada aliento es una advertencia.
Liam, contra mí, intenta incorporarse. Sus músculos aún tiemblan, sus dedos ganchudos, que se desmoronan e