El apartamento en Le Marais ya no era un santuario. Era una fábrica de alta costura que funcionaba con adrenalina, café negro y terror puro.
Nueve meses habían pasado desde que Elias la sacó del hospital. Nueve meses en los que Maison AVA había pasado de ser un secreto a convertirse en un éxito abrumador y devorador.
—Celine acaba de llamar —anunció Elias, entrando al apartamento a media tarde con un portafolios y el ceño fruncido—. Los compradores de Milán y Londres se pelean por la nueva cole