El rubor que antes calentaba el rostro de Isabela se evaporó en un segundo, dejándola pálida como la cera. Se quedó estática, con los dedos finos clavados en la costura de su pantalón y el corazón martillándole contra las costillas.
Antes de que ella pudiera forzar una respuesta, Killian dejó los cubiertos sobre el plato. Con una frialdad que no correspondía a su edad, soltó:
—Mi mamá se fue a un lugar muy, muy lejano.
Nina se congeló. Aquellas palabras resonaron en ella como un trueno. Su papá