El ruido de la ciudad me distrajo de mi lectura. Levanté la mirada hacia la calle bulliciosa y observé el pequeño accidente de dos autos que acababan de chocar frente a la cafetería. Los gritos no se hicieron esperar, atrayendo la atención del resto de los comensales.
—No puedo creer la falta de educación de la gente —comentó Samara, colocando dos tazas de café sobre la mesita—. Oye, Fabricio quiere vernos esta noche. ¿Estás disponible?
Asentí con una sonrisa.
—Sí, me encantaría verlo. Todavía