Valery solía disfrutar el silencio.
Había aprendido a encontrar en él una especie de refugio, una pausa entre siglos de secretos, traiciones y decisiones que no siempre eran suyas.
Pero esa tarde, mientras reorganizaba una estantería de libros antiguos en su departamento, el silencio tenía otro matiz.
Era expectante, vibrante y lleno de posibilidades.
Incluso los sonidos cotidianos, el leve crujir del parquet, el zumbido suave del refrigerador, el murmullo de la ciudad detrás de los ventanales,