El sol aún no había alcanzado su punto más alto cuando Leonardo irrumpió en el salón con la determinación brillando en su mirada. El aire olía a madera recién cortada y a hierbas secas; la atmósfera serena contrastaba con la tensión latente que cargaba él sobre los hombros.
—Hoy habrá entrenamiento con los guerreros de la manada. Quiero que vengas —dijo, con voz firme pero con un brillo cómplice en los ojos.
Nora, que estaba junto a la ventana, giró lentamente al escucharlo. Aún arrastraba la i