୧ XCVII ୨

Ezra, sin embargo, parecía incapaz de calmarse. La ansiedad le devoraba desde dentro, como una bestia sin cadenas.

—¡Eres el médico! —soltó de pronto, su voz cargada de rabia y desesperación—. ¡Ven y revísala! ¡No te quedes ahí sentado como un idiota!

Sus palabras cortaron el aire como un látigo.

Levanté la mirada hacia él, conteniendo el impulso de responderle con el mismo tono. Mis manos se cerraron en puños sobre mis rodillas m
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