—¿Sabes a qué hora se fue exactamente? —pregunté, con voz firme, mientras mis ojos se clavaban en Ángel.
Seguía sentado en el suelo, apoyado contra la pared como si de repente llevara siglos cargando un peso que ya no podía sostener. Su rostro estaba marcado por los golpes de Ezra, pero lo que más se notaba no era el dolor físico, sino la herida invisible en su orgullo.
Se llevó una mano a la nariz ensangrentada, a