Me giré hacia Ángel.
Seguía allí, de pie junto a la puerta, con los labios partidos y la sangre manchándole la camisa. No apartaba la vista del suelo, pero yo podía sentir lo que bullía dentro de él.
Sabía que ese chico no era tan ingenuo como parecía. Había visto más cosas de las que dejaba entrever. Y aunque ahora se mostrara débil, roto, en su interior latía algo más oscuro. Yo podía verlo. Yo siempre lo veía.
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