୧ LI ୨

Las lágrimas brotaron como presas que se rompen: calientes, implacables, surcando mis mejillas en ríos que no obedecían a mi voluntad. Mi cuerpo se convulsionaba en sacudidas silenciosas; los sollozos me hicían encorvar los hombros y el mundo se redujo a ese temblor que me recorría de pies a cabeza.

Nuriel no dudó.

Se incorporó con la calma de quien sabe exactamente qué hacer y me atrajo hacia sí en un abrazo tan suave que dolía.

No lo merecía.

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