—Te presentaré su cadáver —susurró Uriel, con una voz ronca y venenosa que se deslizó como una serpiente por mi oído—. Y veremos si sigues con esa sonrisa cuando te obligue a besar su frente fría.
Su mirada ardía con un brillo oscuro, un fuego cruel que se alimentaba de mi dolor.
—Cuando todo esto termine... —sus labios se curvaron en una sonrisa que me heló la sangre—. Me voy a divertir bastante contigo.
Sus palabras