—Puedes hacer lo que quieras… —susurré con una sonrisa amarga, casi torcida por el dolor—… pero nunca serás como ellos. Y eso es lo que realmente te atormenta, ¿verdad?
Por un segundo, vi la furia cruzar su rostro como un relámpago. Fue fugaz, casi imperceptible, pero suficiente para que supiera que había tocado una herida profunda.
Uriel se incorporó de golpe, recomponiendo su fachada de superioridad. Cada gesto estaba