—Ah, por supuesto. Ahora entiendo —susurró con voz aterciopelada, llena de seguridad y diversión—. ¿Estás celosa?
Esa simple pregunta encendió una chispa dentro de mí. La furia y la vergüenza se arremolinaron como olas violentas, golpeando mi pecho y haciéndome sentir fuera de control.
—¿Celosa? —bufé, desviando la mirada, intentando ocultar la tensión que me recorría—. No digas tonterías.
Nuriel se separó de la p