Los labios de Pilar destilaban una dulzura que Ares jamás supo que anhelaba hasta ese preciso instante. ¿Cuántas veces la había soñado, cuántas veces había imaginado ese roce? Y, aun así, la realidad superaba cualquier fantasía, su boca era cálida como un rayo de sol filtrándose en una mañana de primavera, y la suavidad que sentía al contacto le recordaba a los pétalos más delicados de una rosa.
Los dedos de Pilar se entrelazaron en su cabello con una naturalidad que le hizo perder cualquier noción de cordura; era como si hubiese hallado el elixir de la vida misma, un premio mayor que ganar la lotería, en simples palabras, Ares sentía que flotaba entre las nubes, en el mismo cielo, hasta que vio a Pilar apartarse repentinamente, con una mueca de dolor que le heló la sangre, y aun así, ni siquiera así se atrevió a soltarla, porque sabía que ya no podía dejarla ir, y por ello se aferró a ella con un miedo mudo, temiendo que ese instante pudiera desvanecerse para siempre.
—Pilar yo…
No s