Los labios de Pilar destilaban una dulzura que Ares jamás supo que anhelaba hasta ese preciso instante. ¿Cuántas veces la había soñado, cuántas veces había imaginado ese roce? Y, aun así, la realidad superaba cualquier fantasía, su boca era cálida como un rayo de sol filtrándose en una mañana de primavera, y la suavidad que sentía al contacto le recordaba a los pétalos más delicados de una rosa.
Los dedos de Pilar se entrelazaron en su cabello con una naturalidad que le hizo perder cualquier no