Capítulo Siete.
Ares no podía creer que luego de un momento, Pilar se durmiera entre sus brazos, jamás había soñado con tenerla tan cerca, y como pudo se las ingenió para recostarse a su lado, no lo sentía como algo incorrecto, claro que no, confiaba en que Pilar recordaría que ella misma le había pedido que no la dejara, que tenía miedo de estar sola, que tenía terror a lo que su mente le pudiese susurrar.
El corazón del magnate latía de una forma errática, auténtica, mientras una mezcla de angustia y ternura le recorría las venas. Su mano, un poco temblorosa a causa de la impotencia y la tristeza, acariciaba el rostro de Pilar como si fuese una pluma, con una delicadeza reverencial. Trazó los pómulos, ahora marcadamente angulosos, y no pudo evitar comparar aquel semblante con el de meses atrás. Las mejillas, que antaño de Pilar le parecían irresistiblemente tiernas y con una redondez natural, sin embargo, ahora apenas tenían carne cubriéndolas; se veían casi pegadas a los huesos, desdibujando la im