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El mundo olía a ceniza.
Y a mí.

Mis párpados eran pesados como piedra mojada, y el simple acto de respirar parecía arrancado de un cuerpo que ya no me pertenecía del todo. La luz de la luna, antes cálida, envolvente… ahora era distante, casi fría. Como si me mirara con una mezcla de pena y juicio desde all&aac

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