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El amanecer no había llegado, pero el cielo ya ardía.

Era como si el mundo contuviera el aliento, suspendido en la antesala de lo inevitable. Las nubes se teñían de rojo sangre y púrpura agrietada, el aire vibraba con una energía que helaba los huesos. Y allí estaba yo, de pie sobre la cima de las ruinas de Caer Lunaris, el lugar

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