El silencio que sigue es tan pesado que incluso el sonido de los pájaros en el jardín parece desaparecer.
El padre de Leonel niega lentamente, como si intentara convencerse de que escuchó mal.
Su madre, en cambio, me mira con evidente molestia.
Sus ojos se entrecierran y sus labios se tensan en una línea delgada.
—No creo haber escuchado bien —dice finalmente, cruzándose de brazos—. ¿Qué fue lo que dijiste?
Leonel me observa sin parpadear.
Hay sorpresa en su rostro… pero también algo más.