Extra.
La vida en la mansión Koch había alcanzado un ritmo glorioso. Cada mañana era un despertar lleno de promesas y cada noche, una sinfonía de sueños infantiles. Los trillizos, que ahora tenían once años, y los mellizos Victoria y Daniel, de seis, eran el corazón de ese hogar.
Un martes cualquiera, la mansión era un hervidero de actividad. Gabriela, que ya era toda una preadolescente, intentaba convencer a Mateo de que su nuevo videojuego era más importante que los libros.
—¡Solo un nivel, Mateo! —