El vuelo de los cuervos
El aire en el pequeño apartamento de los padres de Elena estaba cargado de una pesadez eléctrica. La penumbra de la sala solo era interrumpida por el parpadeo de una lámpara vieja cuando la puerta se abrió de golpe. Ernesto entró primero, con el rostro sudado y los ojos desorbitados, seguido por Leonor, quien traía el bulto envuelto en mantas blancas con la rigidez de quien transporta un tesoro robado.
Elena, que había estado sentada en el borde del sofá con los nervios