El veneno de la mentira
El pasillo del hospital, con su iluminación blanca y aséptica, parecía estrecharse sobre Alexander mientras caminaba de un lado a otro. Sus zapatos de diseñador emitían un chirrido constante contra el linóleo, un eco de su propia ansiedad. Para Alexander, que Victoria viviera no era solo una cuestión de afecto filial; era una cuestión de supervivencia. Si ella moría, el secreto de su esterilidad corría el riesgo de hundirse con ella o, peor aún, de quedar expuesto ante u