El Nido Vacío
El rechinar de los frenos fue el único sonido que rompió el silencio sepulcral de la calle. Alexander bajó del auto antes de que el motor terminara de apagarse. Sus ojos recorrieron la fachada de la casa de los padres de Elena; las ventanas estaban a oscuras, como ojos cerrados que se negaban a darle respuestas.
Empujó la puerta principal, que cedió con un gemido metálico. No estaba cerrada con llave.
—¡Elena! —gritó Alexander, su voz resonando en las paredes desnudas—. ¡Elena, s