El mercado de las almas
En la sala de espera, el aire se sentía viciado, cargado de verdades a medias y promesas de venganza. Leonor y Ernesto se miraron fijamente; ella no necesitaba decir nada para que su esposo comprendiera que su mente ya estaba trabajando en el siguiente movimiento.
—Tú te quedas aquí —ordenó Leonor en un susurro apenas audible, mientras sus ojos escaneaban el pasillo—. Yo voy a hablar con la enfermera. Necesito saber qué piezas dejó colocadas Victoria antes de caer.
—Está