Sangre y sospechas
Alexander salió de la habitación 306 como un animal herido que busca el aire libre. Sus oídos aún zumbaban con los gritos de su madre y esa palabra que se le clavaba en la nuca como una sentencia: divórciate. El peso de su propia esterilidad, el engaño que él mismo había tejido alrededor de Elena y la posibilidad de que la mujer que empezaba a ocupar sus pensamientos fuera una asesina, lo estaban asfixiando. No iba a esperar a la policía. No permitiría que un oficial pusiera